Fractal

Desagradecido

Aparecí en una extraña casa. De esas que por su vejez y suciedad producen un olor amargo y penetrante, mezcla de madera deteriorada y polvo acumulado. Inmediatamente busqué, entonces, una salida. Grande fue mi sorpresa al notar que aquella salida no existía. Los pasillos de aquella casa no hacían más que llevarme a la misma habitación en cual me encontraba actualmente. Podía, incluso, pararme en medio del pasillo, voltear y verme a mí mismo infinitas veces dentro de repetidos cuartos exactamente iguales, y al ver por las escaleras, me veía a mí mismo, de espaldas, observando precisamente la infinidad de demás escaleras sucesivas.
Me conformé con todo ello. Después de todo, no podría ser peor que volver a un mar impaciente por matarme infinitas veces. Vencido por la curiosidad, me dispuse a observar y tocar todo viejo mueble dentro de esa habitación. Encontré, en sus interiores, vajillas de todo tipo, aunque de diseños antiguos en su mayoría. Fue cuando intenté observar en el interior de una vitrina, al abrir una de sus pequeñas puertas inferiores, que me encontré con un pequeño pasaje que me llevaba a otra habitación. 
Entré, bajo miedos y asombros, y me encontraba ahora en una habitación algo oscura, llena de cajas y demás cosas excluidas. Avancé poco más y vi, sentado, a un sujeto de aspecto desgastado y que portaba consigo una escopeta de esas largas y de dos cañones. Tal vez no hubiera sentido tanto terror al verlo si no fuera por el hecho de que con esta arma me estaba apuntando. Alcé las manos, titubeé y sólo dije que buscaba una salida. Me sonrió, bajó el arma y me señaló otro pasillo que no se encontraba muy lejos de mí. Volví la mirada a él para agradecerle, pero era en vano ya que ahora se encontraba con el rostro destrozado, el cráneo perforado y algunos sesos descubiertos, mientras que otros se encontraban estampados en aquella pared bañada en sangre seca. Como si se hubiera encontrado en ese estado mucho antes que siquiera yo aparezca en aquel cuarto. Y jamás oí un disparo.
Retrocedí, asustado, y caminé a paso lento hacia la salida que aquel ahora cadáver me había señalado. Ni bien entré, sentí todo mi cuerpo refrescarse, y me hubiera sentido tremendamente agradecido por ello si no fuera por el hecho de que aquello tan refrescante no era más que, otra vez, aquel mar psicópata.

[Continuará]

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