— Hola
— Hola, ¿qué tal?
— Bien, dándole de lactar a mi hijita

— ¿Te me estás insinuando o me parece?
Alguna vez creí, hace ya bastante, que la sapiencia residía en el bigote. Muy lejos estuve, es cierto; sin embargo, me doy con la sorpresa de no haber sido ni el primero ni el único quien pensó algo similar:







— ¿Sabes cómo se llama aquella parafilia que consiste en mantener relaciones sexuales con objetos?
— Pues depende. Si eres hombre se llama "heterosexualidad"
— Ey, ¿y que hiciste toda esta semana que no te vi?
— Pues me fui de luna de miel.
— ¡¿Te casaste?!
— Nada que ver. Son cojudeces.
Sé, y reconozco, que no soy una persona que desborda virilidad. Sé, y reconozco, que soy una persona, mas bien, de características afeminadas: manos delgadas, cintura estilizada, rostro delicado y de expresiones corporales que no son muy propias de un albañil. Irónicamente, éstas precisamente han sido motivo de curiosidad y, en bastantes ocasiones, de atracción hacia mi persona por parte de muchas mujeres.
Como heterosexual confeso, agradezco ello; sin embargo, debo admitirles que la envidia de mis congéneres ha sido muy dura. He sido víctima constantemente de adjetivos tal vez justificados, pero definitivamente falsos o que, en general, no acepto. Porque sé que son valoraciones dadas por la envidia. Porque sé, y aquellos también saben, que muchas mujeres prefieren a un hombre delicado que a un machorrón.
Así que cansado de la envidia de mis congéneres, empiezo a creer conveniente que para ponerle fin a todo ello, deberé hacerme un cambio de look que destile virilidad para así no dar más cabida a malinterpretaciones:


Virilidad y elegancia, ¿qué opinan?
Desagradecido

Aparecí en una extraña casa. De esas que por su vejez y suciedad producen un olor amargo y penetrante, mezcla de madera deteriorada y polvo acumulado. Inmediatamente busqué, entonces, una salida. Grande fue mi sorpresa al notar que aquella salida no existía. Los pasillos de aquella casa no hacían más que llevarme a la misma habitación en cual me encontraba actualmente. Podía, incluso, pararme en medio del pasillo, voltear y verme a mí mismo infinitas veces dentro de repetidos cuartos exactamente iguales, y al ver por las escaleras, me veía a mí mismo, de espaldas, observando precisamente la infinidad de demás escaleras sucesivas.
Me conformé con todo ello. Después de todo, no podría ser peor que volver a un mar impaciente por matarme infinitas veces. Vencido por la curiosidad, me dispuse a observar y tocar todo viejo mueble dentro de esa habitación. Encontré, en sus interiores, vajillas de todo tipo, aunque de diseños antiguos en su mayoría. Fue cuando intenté observar en el interior de una vitrina, al abrir una de sus pequeñas puertas inferiores, que me encontré con un pequeño pasaje que me llevaba a otra habitación. 
Entré, bajo miedos y asombros, y me encontraba ahora en una habitación algo oscura, llena de cajas y demás cosas excluidas. Avancé poco más y vi, sentado, a un sujeto de aspecto desgastado y que portaba consigo una escopeta de esas largas y de dos cañones. Tal vez no hubiera sentido tanto terror al verlo si no fuera por el hecho de que con esta arma me estaba apuntando. Alcé las manos, titubeé y sólo dije que buscaba una salida. Me sonrió, bajó el arma y me señaló otro pasillo que no se encontraba muy lejos de mí. Volví la mirada a él para agradecerle, pero era en vano ya que ahora se encontraba con el rostro destrozado, el cráneo perforado y algunos sesos descubiertos, mientras que otros se encontraban estampados en aquella pared bañada en sangre seca. Como si se hubiera encontrado en ese estado mucho antes que siquiera yo aparezca en aquel cuarto. Y jamás oí un disparo.
Retrocedí, asustado, y caminé a paso lento hacia la salida que aquel ahora cadáver me había señalado. Ni bien entré, sentí todo mi cuerpo refrescarse, y me hubiera sentido tremendamente agradecido por ello si no fuera por el hecho de que aquello tan refrescante no era más que, otra vez, aquel mar psicópata.

[Continuará]
A veces, sin querer, una persona puede confesar involuntariamente ciertas aficiones que preferiría mantener ocultas. Me pasó el día de hoy conversando por messenger con mi compañero Arkantos* quien, en una inocente conversación informativa sobre la circuncisión, termina confesando un terrible deseo que mantenía, hasta hoy, en sumo secretismo.
A continuación les presento fragmento de esta conversación para que opinen ustedes mismos:

Arkantos dice: ¿...y entonces cuando te haces la circuncisión te queda menos sensible?
Schattenmann dice: Así es, mi estimado. Una vez que se corta parte del prepucio, el glande al quedar descubierto se hace menos sensible debido a que le crece una nueva y delgada capa de piel.
Arkantos dice: Entiendo. O sea que uno duraría más, ¿verdad?
Schattenmann dice: Efectivamente.

Cinco minutos después, mi compañero vuelve a iniciarme la conversación:

Arkantos dice: Oye, me ha dado hambre.
Schattenmann dice: ¿Hablar de penes cortados te ha dado hambre?
Arkantos dice: ¡Jajaja! No. Ya tenía un poco de hambre antes de iniciar la conversación.
Schattenmann dice: Pero ahora, mientras hablábamos de penes, se te incrementó el hambre, ¿no?
Arkantos dice: Ahh... deberá ser que como ha pasado más tiempo, el hambre se me ha incrementado. Es algo natural.
Schattenmann dice: O sea, ¿me dices que el hambre se te ha incrementado independientemente del hecho de haber estado hablando de penes y prepucios mutilados?
Arkantos dice: Exacto. Yo ya estaba predispuesto al hambre.
Schattenmann dice: Entonces, ¿estando predispuesto al hambre decidiste de repente tocar el tema de los penes?
Arkantos dice: Pues sí. Eso debió ser.
Schattenmann dice: Así que tenías tanta hambre que decidiste hablar sobre penes.
Arkantos aparece como no conectado, es probable que no conteste.

Y así, lamentablemente, terminó nuestra conversación. Me gustaría creer que mi compañero sufrió de un percance que lo obligó a retirarse de la conversación, mas no que haya huido cobardemente. En todo caso, luego de leer ello, he confirmado mis sospechas: Arkantos es maricón y punto.


* Por cuestiones de seguridad/privacidad/vergüenza se usará el seudónimo de ambos.
CAPÍTULO I
Ignoto

Me encontraba ahogándome en medio de un mar y en las profundidades de éste, sin saber precisamente por qué. Como si allí hubiera nacido. Mirara donde fuera, no encontraba más que agua a mi alrededor. Ni un solo ser vivo. Como si mi existencia allí fuera anterior a los orígenes de la vida. Y no pudiendo más contra la voluntad del agua por entrar a mis pulmones, decidí rendirme, cerré los ojos y confié en que esta absurda existencia acabaría tan pronto como apareció.
Inmediatamente volví a abrir los ojos, y se encontraba frente a mí un edificio. A mi lado, de la mano, una mujer. No la conocía, pero aparentemente éramos pareja. Entramos a aquel edificio, subimos y abrí la puerta de lo que aparentemente también era mi habitación. Nada tenía sentido. Yo nunca había estado en este lugar; sin embargo, me limitaba a seguir aquel guión preestablecido. Volteé, miré a mi acompañante, ella me sonrió y sin explicación alguna comenzó a hacerse más joven, a reducirse, a desvanecerse. Convirtiéndose de prohibida a imposible. 
Sin saber precisamente qué poder hacer, sólo caí sobre mis rodillas. No fue que ni bien choqué contra el piso y sentí que todo se deshacía. Como si aquel suelo no fuera más que papel sobre agua, y allí me encontraba nuevamente, sumergido en un mar ignoto, ahogándome desesperadamente mientras que el mar escondía mis lágrimas. Entonces sólo sentí miedo. Miedo por no saber qué era esto que me sucedía; de morir y despertar en alguna otra ilógica escena, o algo peor; de que esto sea infinito y tener que soportar esta dolora muerte repetidas veces. Y por más que traté de evitar que el agua ingresara a mí, me vi obligado a ceder otra vez. Me rendí nuevamente y esperé, con miedo, la escena posterior.