Inhumano

Me encontraba en el asiento detrás del copiloto mientras mi padre conducía. En ello noté que a unas cuantas cuadras adelante se encontraba una gran multitud corriendo despavorida. Conforme el carro se iba acercando cada vez más, iba apreciando mejor la escena: un hombre agachado y, bajo éste, un hombre tendido sobre el piso quien al mismo tiempo se encontraba sobre un líquido que conforme seguía acercándome pude llegar a reconocer: sangre. De hecho, no era sólo la sangre lo que causaba tal terror en las personas que corrían despavoridas, sino lo que el sujeto hacía al ahora cadáver: arrancarle las extremidades a mano limpia para posteriormente arrojárselas a quienquiera que esté cerca. De hecho, cuando ya estábamos aproximándonos, me miró y me arrojó la cabeza de aquel cuerpo, cayéndome en toda la cara y rompiéndome la nariz; sin embargo, más que preocuparme por mi sangre chorreándome el rostro, me quedé estupefacto observando aquella cabeza que yacía a mi costado. La cogí con las manos, sin saber precisamente por qué, y noté que carecía de ojos, de mandíbula y de una oreja: habían sido arrancados. Cuando mi padre volteó y contempló la escena en que me encontraba ahora presente, no pudo contener el pánico en sí, se desesperó totalmente y terminó estrellándose. Me encontraba algo confuso luego de ello, y fue al cabo de unos segundos que me di cuenta que había alguien afuera tocándome la puerta. Al observarlo, el sujeto en cuestión estaba bañado en sangre. Rápidamente relacioné que se trataba del mismo desgraciado que me había lanzado aquella cabeza. Entonces abrió la puerta suavemente y me estrechó su ensangrentada mano como si estuviera dispuesto a ayudarme. No sé por qué, pero por algún motivo confié en él, entonces permití que me ayudara a salir del auto. Ya cuando estaba afuera, me enseñó sus también ensangrentados dientes, me lanzó contra el piso y comenzó a golpearme la cabeza con uno de los brazos arrancados de aquel cadáver y que no me había percatado que lo llevaba consigo en la otra mano. Entonces sentí un tremendo ardor en mi oreja derecha, la cual, luego de arrancada, vi cómo se la llevaba a la boca para devorarla. Posteriormente, me tiró un puñete en la garganta y comenzó a arrancarme los ojos. Sus carcajadas apenas eran opacadas por mis alaridos, que finalmente fueron callados cuando introdujo su mano dentro de mi boca y comenzó a jalar mi mandíbula hacia sí mismo. Supe entonces que mi destino no sería muy distinto al de aquel sujeto desmembrado y, así, contuve la respiración por unos instantes y sencillamente me dejé llevar por el ritmo de sus carcajadas mientras la sangre se entremezclaba con mis lágrimas.

Homo stultus

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