Sonrisa muerta

(Capítulo IV: Esperanza)

CAPÍTULO V
Ciclo

Quizá para mí exista vida después de esta muerte, y sea ella. Agradecido, le mostré los dientes e intenté sonreír. Ella rió, cogió mi mano y se la llevo al rostro. Hizo que tocara su inerte piel, sus inertes labios y su inerte sonrisa. Aún así, no entendí cómo podía hacerlo. Estando vivo, me hubiera enamorado inmediatamente; ahora muerto, aún seguía perplejo.
Me dijo que caminara con ella, y yo asentí inmediatamente sin entenderlo. "Impulsividad", emoción propia del estar vivo, emoción que se acrecienta al enamorarse. No es que estuviera vivo ni que tuviera la capacidad de amar otra vez, pero esa emoción había regresado a mí como si ello lo estuviera, como si a esto fuera otra vez capaz. 
Seguí caminando con ella, y ella siguió sonriéndome. Era mi cielo. Perdido en su sonrisa me sentía inexistente, y eso era todo lo que deseé desde el momento en que morí. Entonces, me di cuenta que el tiempo había pasado exageradamente. Me di cuenta que había inexistido durante largo tiempo y, precisamente, me había dado cuenta de ello porque ya no habían más sonrisas para mí que me quitaran el razonar. No sé en que momento dejó de hacerlo, pero ella estaba allí, inerte, tan inerte como yo lo estaba y tan inrisueña como mi reflejo en un charco de agua.
"Ira", emoción propia del estar vivo, emoción que se acrecienta al perder lo que uno quiere en demasía. No es que estuviera vivo, pero el que mis manos apretaran su delicado cuello exigiéndole otra vez inexistir no hacía más que confirmar aquel enojo que me corroía. Sin embargo, ella volvía a sonreír y cada vez con más fuerza. ¿Intentaba calmarme? No lo sé, pero igual ya era tarde. Sólo paré hasta verla inmóvil. ¿Muerta? Imposible, ya lo estaba cuando la conocí. De repente, vi un halo de luz saliendo de su cuerpo, se posó frente a mí y estalló.
Entonces lo comprendí. Comprendí que ella jamás fue mi cielo, sino todo lo contrario: mi infierno. Ahora yo, convertido en uno, me di cuenta que tenía que serlo para alguien más. Entonces caminé sin dormir, sin cansarme, hasta que finalmente, en una triste banca de parque, encontré sentada una pobre idiota... me alegré, me senté a su lado y le sonreí.

1 comentario:

  1. Terminó bien, como debía terminar. Ay, pobre de la idiota.

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