Sonrisa muerta


CAPÍTULO IV
Esperanza

La vida es efímera; la muerte, eterna. En vida, el tiempo pasa sin que nadie verdaderamente se dé cuenta; en muerte, cada minuto es como un día entero. Ello hace arrepentirme ahora de no haber creído en algún dios cualquiera. No sé si será por resentimiento o por no haber cumplido con alguna especie de divino trámite burocrático; sin embargo, no hay ninguno que se anime a recogerme y llevarme a su paraíso de turno. Ser un zombie es extremadamente insoportable si es que careces de la necesidad de devorar a otro humano y, especialmente, si es que careces de la capacidad de no pensar.
Me dirigí hacia un parque para sentarme en alguna banca y sólo reflexionar. El problema que vino luego era sobre qué reflexionar, ¿sobre aquella mosca que pasa por mi lado y que por algún motivo se rehúsa a venir con el resto de su especie para incubar sus larvas en mi carne inerte y que así me devoren poco a poco hasta finalmente dejar de existir? ¿Qué tal si me ahorco? Sería estúpido, una soga apretando mi cuello no causaría más que el espanto de aquellos que permanecen en vida. No puedo suicidarme estando ya muerto. No puedo morir de nuevo, sólo dejar de existir. Decidí, entonces, quedarme sentado por el momento y esperar. No supe exactamente qué, pero si he de seguir en este mundo de muertos por el resto del tiempo, ¿por qué no podría hacerlo sentado en una eterna banca de parque?
Allí, sentado, entre mi silencio inacabable y mi soledad como condena, se acercó alguien. Una mujer, muerta y bella, que al parecer se encontraba en el mismo limbo que yo. Aquel limbo que se encuentra entre la muerte y la no existencia. Entonces se sentó a mi lado y me sonrió.

0 comentarios:

Publicar un comentario