(CAPÍTULO II: Sin fe)

CAPÍTULO III
Soledad

Se encontraba oscureciendo y yo aún no sabía mi destino. Al caminar por las calles, la gente sólo me miraba y agachaba la cabeza. Nadie se acercaba. Nadie me preguntaba nada. Sólo murmuraban "Es una lástima", mientras me volteaban la cara. De repente vi a una pareja de novios y me acordé de aquella mujer causante de mi última sonrisa. Pensé en visitarla, ¿pero para qué? ¿para contarle cómo se siente estar muerto? ¿para hacerla llorar con mi presencia? Sencillamente no podía hacerle eso a alguien que para mí fue muy importante. Además, ella debía algún día olvidarme, así como yo ya lo hice.
Seguí mi rumbo hacia ninguna parte. Durante mi recorrido pude apreciar ciertas cosas que en vida no me habían interesado. Cosas sin importancia. Cosas como una sonrisa, que a pesar de ser algo tan común, jamás habría imaginado lo difícil que en realidad sería realizar una. Lo intenté mientras miraba mi reflejo en un charco, pero sólo lograba mostrar los dientes cual perro rabioso. Lo seguí intentando unas cuantas veces más hasta que finalmente me cansé. Me tiré en donde pude y me cubrí con unos viejos periódicos que encontré a la mano.
No pude dormir. Cerré los ojos durante toda la noche, pero aún así me mantuve despierto. Al amanecer no tuve más remedio que levantarme y seguir caminando a pesar de seguir cansado. Era insoportable. Nada de lo que hacía me recobraba ni las fuerzas ni los ánimos. ¿Hasta cuándo durará esto? ¿Qué es lo que me ata a este mundo viviente? ¿Es que acaso debo hacer algo en especial? ¿Algo que en vida dejé pendiente? No lo sé. Si tan sólo hubiera una forma de acabar con mi existencia. Esta insignificante existencia que ya no deseo.

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— ¿El pasto?
— Se lo comió la vaca.
— ¿Y la vaca?
— Pues se fue porque ya no quedaba más pasto.

Al llegar a la morgue, nos pidieron nuestros documentos para agilizar el proceso, y que por favor nos desnudáramos y entráramos a ciertos cajones metálicos. Así lo hicimos, sin vergüenzas ni miedos, y entramos inmediatamente. Pensé que estaría frío allí dentro, y quizá sí lo estaba, pero ya no existía calor alguno en mi cuerpo que pudiera ser arrebatado.
Luego de unos instantes, el encargado de la morgue y dos ayudantes se pasarían por las cámaras frigoríficas pidiendo la versión de los hechos a cada uno. No había mucho que explicar, sólo nos impacto un auto por detrás y luego un tren por el lado derecho. Quizá ello me habría sonado aterrador en vida, más al saber que lo iba a experimentar, pero ahora no. De hecho, ahora poco me importa todo. Sólo deseo poder descansar.
El doctor empezó a hacer ciertas preguntas a todos nosotros, uno por uno. Eran cuestiones de fe. Pude ver, con mis propios ojos inertes como a cada una de mis amistades se le separaba del cuerpo un halo de luz que partía hacia cualquier dirección luego de responder afirmativamente a alguna pregunta.
Llegó entonces mi turno:

¿Cree en alguna religión?
No, me considero ateo.
¿Cree en la vida después de la muerte?
No.
¿Cree en la reecarnación? ¿o en que su alma irá a algún lado ahora que está muerto?
Tampoco.
¿Acaso no considera real la existencia del alma?
La sola creencia de ello me parece tremendamente ridículo.
¿En vida, alguna vez pensó en qué pasaría con ud. cuando muriera?
No, nunca. Fue algo que siempre me trajo sin cuidado.
En tal caso, no podemos hacer nada por ud. Lo lamento. Puede coger sus cosas de vuelta y retirarse.

Entonces así lo hice. Cogí mis cosas y me marché de aquel lugar. Al dar varios pasos, luego de varias cuadras, me di cuenta que no sabía hacia dónde iba. No tenía rumbo alguno, pero tampoco me importaba. Sólo seguí caminando...

¡Cómo se estremecía! ¡Brincaba y balbuceaba! Ponía los ojos en blanco mientras se le escurría la saliva por sobre sí. Terminaba agotada y jadeante, con el hocico repleto de heridas a causa de mordidas autoinfligidas durante el fornicio.
Como todo buen amante, luego de pudoroso acto me aproximaba a sus labios o sus mejillas, con la intención de propiciarle un beso que a la vez le dijera "Ésta es otra forma en que puedo expresarte mi cariño", pero siempre me rechazaba. Me apartaba y yo no sabía por qué. Al preguntarle qué le sucedía, ella sólo se limitaba a botarme del cuarto y mandarme a la mierda, para luego no atender mis llamadas durante días o semanas.
"¡Puta mujer insaciable!", siempre pensaba; sin embargo, nunca podía dejar de recordarla. Jamás me había sentido ni tan hombre ni tan útil. Después de todo, me sentía tan orgulloso de cómo la llenaba de placer, o por lo menos eso creí hasta que me enteré de su epilepsia.
CAPÍTULO I
Hoy he muerto

Aún recuerdo la última vez que sonreí: fue momentos antes de mi muerte. Me encontraba en un taxi con unos amigos, regresando de un lugar que no recuerdo y yendo hacia otro que no importa. Llamó entonces la mujer de mi vida, mi antigua amada. Aquella que con sólo ver su nombre en la pantalla del celular, me arrancaba una sonrisa. Y esa fue la última vez que lo hice.
Contesté mientras el vehículo se detenía a causa del cruce de tren. No fue que ni bien dije «hola» y otro vehículo aún más grande que el nuestro nos chocó atrás con tremenda fuerza, dejándonos a merced de aquel tren que venía a gran velocidad, cual nos impactó inmediatamente.
Ya cuando desperté , algo en mí sentía que había cambiado. Al recobrar parcialmente la vista, pude notar la gran cantidad de gente que se encontraba alrededor y unos paramédicos que ayudaban a salir al chofer y mis amistades. Con cierta dificultad pude salir de aquel vehículo que se encontraba boca abajo y, a pesar de estar un poco mareado, logré ponerme de pie. Estaba limpiándome los restos de vidrio cuando se me acercaron los paramédicos a examinarme. Al terminar me dijeron lo mismo que a mis demás compañeros: «usted está muerto», nos dijeron entonces que ingresáramos a cierto vehículo, pues nos tenían que trasladar a una morgue.
Estaba entrando a dicho vehículo cuando escuché entre la multitud el llanto de una mujer que se acercaba cada vez más de manera rápida. Era mi mujer amada, quien se arrodilló ante mí, me tomó la mano, pero no pudo decir nada que sus lágrimas no dijeran por sí mismas. No sabía qué decirle. Sólo lamentaba el hecho de que me viera así, sin vida. La policía trató de separarla de mí, pero ella se resistía. Fue hasta que recién nuestras manos empezaran a separarse cuando finalmente pude decirle algo: «Lo siento»