Mi infancia y los perros

Ya de muy niño los adoraba, y no dudo que cuando era una masa de carne irracional y babeante exclamaba "guau guau" al ver alguno. Siempre hubo cierta conexión con ellos. Quizá en mis genes de alguna manera existía algo que me recordaba aquella amistad entre esa especie y nosotros desde los orígenes de la humanidad. No lo sé, pero igual los seguía adorando.
Sufría fobia hacia ellos, y como toda fobia no sabía el cómo ni el porqué. Me moría por acariciarlos y jugar con ellos; pero algo me impedía hacerlo. ¿Sus dientes? ¿sus ladridos? No lo sé, o tal vez algún temor con el cual haya nacido. Lo cierto es que por más temor que les tuviera, me dispuse a superarlo; y así, a los quizá nueve años, me encontraba voluntariamente frente a uno tratando de acariciarlo. La mano me temblaba y mi respiración se agitaba, y el dueño sólo me decía "tranquilo, no muerde" mientras sujetaba aquella correa e ignoraba el grandísimo temor que por dentro yo sentía. Luego de largo rato, finalmente llegué a posar mi mano sobre su lomo.
No se sintió mal. Al contrario, su pelaje era suave; y al ver que ni se inmutaba ante la invasión de mis manos, poco a poco ese miedo me fue dejando. Ya cuando no sentía miedo y hasta me sentía un amigo suyo, ya cuando estaba confiado, sin ninguna explicación recibí una mordida suya en el brazo. Su colmillo chocó contra mi hueso, y lo sé porque me causó un dolor que hasta ahora no he logrado volver a experimentar. Mi brazo pronto se envolvió de sangre y el dueño de ese ser culpable sólo me decía "Anda a tu casa" mientras él se iba a la suya a paso acelerado.
Desde entonces jamás les volví a temer. Al contrario, ahora los quiero más. Como si aquella mordida de alguna manera hubiera sido una forma de decirme que entre ellos he sido aceptado. Incluso a los pocos años andaba solo en la calle jugando con varios de ellos que habían sido abandonados, pues me encontraba con ellos más cómodo que con las personas. Amigos con quienes solía pasar las tardes de mi infancia, amigos que ahora están muertos o perdidos, pero que definivamente no he vuelto a ver.
A pesar de todo ello, a pesar de haber crecido y adaptado de cierta manera a la vida en sociedad, no puedo evitar jugar con alguno que me cruce por la calle ni dejar de presentar a quien conozca aquella cicatriz de mordida mientras le digo orgulloso "¿Lo ves? Alguna vez me mordió un perro".

3 comentarios:

  1. Quizás Preciosa no esté viva y Sam nunca existió en el libro... pero tienes [tenemos!] a Ruli todavía (=.

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  2. Que conmovedora historia, creo que voy a llorar...

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